Ricardo Salinas, Su Alteza del Ajusco. O cómo el Valle Salvaje terminó en manos del empresario más salvaje

Ricardo Salinas, Su Alteza del Ajusco. O cómo el Valle Salvaje terminó en manos del empresario más salvaje

Sección: Opinión

Foto del autor
Publicado el 27/11/2025 — Por Amaury Sánchez
En México siempre hemos tenido una vocación rara para coronar emperadores: antes europeos con complejo de turista perdido, y ahora empresarios con complejo de influencer multimillonario. Porque, diga usted lo que diga, Ricardo Salinas Pliego no heredó un trono: se lo construyó en la punta de un cerro. Y no un cerro cualquiera, sino ese pedazo de geografía donde el aire es escaso, el ego abunda y la señal del celular parece mensaje celestial: el Ajusco, rebautizado —con ironía involuntaria— como Valle Salvaje. Un nombre perfecto, porque no hay nada más salvaje en México que un empresario bravo, sin frenos y con cuentas pendientes. EL VALLE SALVAJE: EL LUGAR DONDE NI MAXIMILIANO SE HABRÍA ATREVIDO TANTO Maximiliano les puso Miramar y Miravalle a sus residencias para sentirse civilizado. Si le hubiera tocado leer “Valle Salvaje”, el pobre emperador habría pensado: ¿Y ahí vivo yo o un puma hambriento? Imagínelo tratando de imponer orden en un lugar cuyo nombre parece sacado de una marca de tequila pirata. Pero no, Maximiliano nunca llegó tan lejos. Él soñó castillitos con vista al valle, pero jamás soñó con un reino levantado a base de créditos impagables, televisores a plazos y tuits filosóficos publicados entre pleito y pleito con Hacienda. Para esas proezas se necesitaba un mexicano. Y no cualquiera: se necesitaba a Salinas Pliego, el hombre que logró lo que ni los emperadores: imponer su narrativa desde las alturas sin pagarle a Querétaro… ni al SAT. TV AZTECA: EL CASTILLO QUE HUELE A SUDOR CORPORATIVO MÁS QUE A INCIENSO IMPERIAL Mientras Maximiliano tenía castillos para posar con Carlota, el Tío Richie tiene TV Azteca, una estructura tan grande que ni los pinos del Ajusco quieren darle sombra. Un campus que parece: una sucursal del mal, centro de control de villano de caricatura, y depósito de egos televisivos… todo junto. Desde ahí se controla el país con la misma sutileza con que Elektra cobra intereses: nada de delicadeza, todo directo al golpe. Cada edificio parece decir: “Si no te gusta la programación, paga tu deuda primero y luego criticas”. Si usted ve el Ajusco iluminado de noche, no se confunda: no es la aurora boreal, es el Tío Richie asegurándose de que su reino se vea desde cualquier punto de la ciudad… y que nadie olvide quién manda. Maximiliano dijo “¡Viva México!” bajo fusiles; Richie lo dice cuando lo menciona el SAT. Hay una diferencia importante: Maximiliano gritó “¡Viva México!” porque lo estaban por ejecutar. Salinas Pliego lo grita antes de que lo ejecuten… fiscalmente. Ambos poseedores del espíritu manierista, sí, pero uno murió con estilo y otro sale a X a lanzar indirectas, selfies en el Ajusco y discursos patrióticos cada vez que alguien osa pronunciar la frase prohibida: “Pague sus impuestos, don Ricardo”. Para Maximiliano, el grito fue legado. Para Richie, es estrategia de relaciones públicas. Uno dejó sangre. El otro deja hilos virales. Cada época tiene sus tragedias. EL AJUSCO-VALLE SALVAJE: DONDE LA GEOGRAFÍA SE USA PARA COMPENSAR INSEGURIDADES El Ajusco siempre fue un cerro simpático. Pero desde que lo convirtió en su reino, se volvió un cerro con actitud. Los árboles se enderezaron. Los coyotes dejaron de aullar para no interrumpir grabaciones. Las antenas parecen lanzas medievales. Y los empleados que suben diario ya hicieron más cardio que la Guardia Imperial de Maximiliano. Porque el Ajusco ya no es hábitat natural: es planta de poder. Y el Valle Salvaje ya no es nombre bonito: es advertencia. Ahí manda Salinas Pliego. Ahí se decide qué se transmite, a quién se critica, qué se omite y qué se dramatiza. Si alguien tiene duda de quién domina el paisaje, basta con mirar hacia arriba: toda esa infraestructura grita “Aquí vive alguien que no está acostumbrado a que lo contradigan”. CONCLUSIÓN: México no tiene emperadores, tiene dueños. Maximiliano murió por creer que podía gobernar México. Salinas Pliego vive convencido de que gobierna narrativamente a medio país. Uno tenía uniforme. El otro, abogado fiscalista. Uno usaba castillos. El otro usa antenas. Uno gritó “¡Viva México!” desde la tragedia. El otro lo grita desde su helicóptero. Pero ambos tienen algo en común: creen, cada uno en su siglo, que el valle les pertenece. A Maximiliano no le alcanzó. A Richie sí… porque lo compró. Así funciona México: los imperios no se heredan, se financian, se televisan y, cuando hace falta, se tuitean.