El teléfono no sonó por cortesía. Sonó por necesidad

El teléfono no sonó por cortesía. Sonó por necesidad

Sección: Opinión

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Publicado el 12/01/2026 — Por Amaury Sánchez
Cuando Claudia Sheinbaum levantó la bocina para hablar con Donald Trump, no estaba en juego una agenda diplomática convencional ni una conversación de buena vecindad. Estaba en juego algo más antiguo y más delicado: el límite entre la presión y la intromisión, entre la cooperación y la amenaza, entre la soberanía y la tentación de imponerla por la fuerza. Trump había hablado antes. Y lo había hecho en público, como acostumbra. Amenazó con “atacar por tierra” a los cárteles que —según su narrativa— controlan México. Palabras que, en política internacional, no se lanzan al aire sin cálculo. Las amenazas públicas rara vez buscan ejecutarse de inmediato; buscan condicionar, medir resistencias y abrir espacio para exigir. Por eso la llamada no fue menor. Fue una conversación para contener un discurso antes de que se convirtiera en política formal. Sheinbaum entendió el momento. Y por eso, al informar del intercambio, subrayó una frase que no admite interpretaciones suaves: respeto a las soberanías. No habló de afinidades personales ni de buena voluntad. Habló del principio que incomoda cuando alguien se asume con derecho a decidir más allá de sus fronteras. La presidenta no habló sola. A su lado estuvieron el responsable de la seguridad pública, el canciller y el encargado de América del Norte. Fue una señal clara: México acudió a la llamada con estructura de Estado, no con reflejos improvisados. El mensaje fue directo, aunque diplomático: la cooperación es posible; la subordinación, no. Trump, por su parte, bajó el tono. No porque haya modificado su visión sobre México o el narcotráfico, sino porque entiende que una intervención abierta tendría costos jurídicos, diplomáticos y políticos que hoy no le convienen. El repliegue fue táctico, no ideológico. Mientras la presidencia estadounidense optó por la contención verbal, su aparato diplomático mantuvo intacta la narrativa de “narcoterrorismo” y de “resultados tangibles”. Dos conceptos que, cuando se repiten sin matices, suelen preparar el terreno para presiones mayores. México respondió con su propio lenguaje: responsabilidad compartida, colaboración sin subordinación, respeto irrestricto a la integridad territorial. Son dos visiones que conviven en tensión. En el fondo, esta llamada no resolvió el problema de fondo ni cerró el capítulo. Lo que hizo fue ganar tiempo. Y en la política internacional, el tiempo no es un detalle: es una herramienta de poder. Sheinbaum logró frenar una escalada inmediata, fijar un límite discursivo y sostener el diálogo sin ceder el principio central. Trump aceptó la pausa, sin renunciar a la presión futura. Ninguno cedió del todo; ninguno se impuso completamente. CIERRE ENDURECIDO Pero conviene no confundirse. Esta llamada no fue una victoria definitiva ni una garantía de estabilidad. Fue apenas un dique provisional frente a una corriente que sigue empujando. La amenaza no se evaporó; cambió de forma. Ya no se expresa en el lenguaje de la fuerza inmediata, sino en la exigencia constante de resultados bajo criterios ajenos. La soberanía no se defiende con una sola conversación ni se pierde con una sola concesión. Se erosiona cuando se normaliza el discurso que la pone en duda y se fortalece cuando el Estado marca límites claros, incluso bajo presión. Cuando suena el teléfono, la verdadera pregunta no es quién llama, sino hasta dónde se está dispuesto a responder sin entregar lo que no se negocia. En esta ocasión, México respondió. Lo difícil vendrá después, cuando el silencio vuelva a ser interpretado como oportunidad.