México, los aranceles a China y la obediencia estratégica: cuando la “protección industrial” es un disfraz geopolítico

México, los aranceles a China y la obediencia estratégica: cuando la “protección industrial” es un disfraz geopolítico

Sección: Opinión

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Publicado el 17/12/2025 — Por Raúl Barajas @BarRaul
En medio de una depresión geopolítica global, donde las grandes potencias ya no compiten por mercados sino por la capacidad misma de impedir el desarrollo del otro, México decidió aumentar aranceles a productos chinos. El gobierno lo presentó como una medida de “protección industrial”, un intento de fortalecer a los productores nacionales. Pero en el tablero real —el que importa, el que define la política exterior de los países periféricos— la medida está alineada con la estrategia estadounidense de contener a China y reordenar las cadenas globales bajo un nuevo principio imperial: Estados Unidos primero, Estados Unidos siempre, Estados Unidos por encima del derecho internacional, del multilateralismo y de la soberanía de los demás. Subir aranceles en un país dependiente no es neutral. Tampoco es técnica. Es geopolítica en estado puro. NEARSHORING: LA ESTAFA DISFRAZADA DE OPORTUNIDAD El discurso del “nearshoring”, impulsado hasta el cansancio por el Consejo Empresarial presidido por Altagracia Gómez Sierra, se ha vendido como una solución mágica: que México sería el beneficiario natural de la rivalidad China–Estados Unidos, que las empresas llegarían en masa, que se crearían empleos, infraestructura, clústeres tecnológicos y cadenas logísticas de alto valor. Los efectos han sido mucho menores a lo prometido. El nearshoring fue desde el inicio una narrativa de relaciones públicas para justificar la integración subordinada de México a los intereses estadounidenses. Y la subida de aranceles a productos chinos es una prueba contundente: cuando la potencia exige sacrificios, los gobiernos periféricos obedecen. Aunque eso implique encarecer insumos, afectar a la población y desmantelar cualquier posibilidad de desarrollo industrial propio. Diversos indicadores sugieren: -El nearshoring no aumentó los salarios: el salario manufacturero mexicano sigue en niveles de 1997. -La IED no se disparó: creció marginalmente y en sectores de ensamble, no de tecnología. -Las cadenas logísticas no se relocalizaron: simplemente se diversificó el riesgo estadounidense. -Y la industria nacional no se fortaleció: se volvió más dependiente de insumos importados… muchos de ellos provenientes de China. Hoy se suben aranceles justamente a esos insumos. ¿Quién gana? No México. Gana Estados Unidos, que necesita que su vecino deje de ser un punto de entrada barato para productos chinos. La falsa narrativa de que “subir aranceles protege empleos”. Subir aranceles no mejora salarios. Subir aranceles no crea tecnología. Subir aranceles no genera industria si no existe un plan nacional de largo plazo. Lo que sí hace: encarecer productos, insumos y bienes finales para la población, especialmente para las clases trabajadoras que ya viven con inflación acumulada. México depende enormemente de maquinaria, acero, componentes electrónicos, textiles, químicos y bienes intermedios chinos porque son más baratos, más eficientes y de mayor calidad que sus equivalentes estadounidenses. Eso es un hecho que ningún documento de política exterior puede borrar. Cuando México sube aranceles a China: 1. Aumentan los precios para los consumidores. 2. Las empresas mexicanas pagan más por insumos, lo que reduce su competitividad. 3. Los empleos no mejoran, porque el margen no se destina a salarios sino a absorber costos. 4. Estados Unidos consolida su estrategia de contención con un país satélite que ejecuta sanciones indirectas. Lo más grave: se genera un doble efecto de dependencia —económica y estratégica— que cancela la soberanía real. El nuevo documento de seguridad nacional de EE.UU.: imperialismo sin disfraz. El nuevo documento de seguridad nacional del gobierno estadounidense deja todo claro. Ya ni siquiera fingen sutileza. Hablan abiertamente de: -Imponerse económica, política y militarmente para asegurar la dominancia de las empresas estadounidenses, -Subordinar la política exterior y diplomática para que obtengan contratos públicos en otros países, presionar a economías dependientes —como México— para que adopten medidas que favorezcan intereses corporativos extranjeros, -Utilizar el sistema de inteligencia para frenar cualquier desarrollo tecnológico que represente “riesgo” para la competitividad estadounidense. Es decir, si un país —cualquiera— desarrolla un chip, un software, un robot industrial, una batería de nueva generación, un algoritmo competitivo o una cadena de valor tecnológica propia, será intervenido. Su propio documento oficial lo dice: para proteger las utilidades de las empresas estadounidenses. Esto no es diplomacia. Esto es imperialismo corporativo legalizado. ¿Y México? Reproduciendo el guion sin cuestionarlo. En este marco, la decisión de subir aranceles a productos chinos no es un acto de autonomía industrial: es un acto de alineamiento estratégico. El gobierno mexicano está apostando por un mundo unipolar regido por Washington, a pesar de que ese mundo ya no existe. La multipolaridad no es un deseo: es una realidad impulsada por Asia, África, Medio Oriente y América del Sur. China no es solo una fábrica global: es un actor tecnológico, financiero y logístico de primer nivel. Para 2030 será la mayor economía del planeta. Los productos chinos son: más baratos, de mejor diseño, de mayor innovación, con cadenas de valor verticales, y con capacidad de reemplazo tecnológico real. Castigarlos con aranceles en México no afecta a China: afecta a México. Afecta a su industria, a su población, a su competitividad y a su capacidad de negociación. ¿Quién se beneficia realmente? Las corporaciones estadounidenses, que reducen la entrada de productos chinos a su mercado a través de México. El complejo militar-industrial, que ahora tiene un marco legal para intervenir países que desarrollen tecnología propia. El Consejo Empresarial mexicano, que funciona como vocero local de la narrativa estadounidense. Las empresas de ensamble, que quieren asegurarse de que México no tenga industria propia, para mantener salarios bajos. ¿Quién NO se beneficia? La población mexicana, los pequeños y medianos productores, los consumidores, el desarrollo industrial nacional, la soberanía tecnológica, la autonomía geopolítica. MIEDO AL MUNDO, MIEDO AL DESARROLLO AJENO El discurso estadounidense revela algo más profundo: miedo. Miedo al desarrollo de otros países. Miedo a que exista tecnología que no controlen. Miedo a un comercio internacional sin ellos como centro. Miedo a que aliados históricos busquen autonomía. Miedo a que la hegemonía económica deje de ser incuestionable. Subir aranceles a China es una pieza más en esa estrategia de contención. No protege a México. No fortalece la industria nacional. No mejora los salarios. No genera futuro. México tiene dos caminos: seguir siendo un engrane subordinado del complejo corporativo estadounidense o comenzar a pensar su propio desarrollo en un mundo multipolar. Hoy, tristemente, eligió lo primero.