México al asedió como objetivo prioritario

México al asedió como objetivo prioritario

Sección: Opinión

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Publicado el 30/12/2025 — Por Javier Ibarra
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, diversos analistas y supuestos “expertos en democracia” organizaron foros y debates para advertir sobre los riesgos que, según ellos, enfrentaba el país. En uno de esos espacios participó Luis Carlos Ugalde, quien afirmó que el tiempo no le alcanzaría a AMLO para concretar sus reformas y que, por ello, buscaría reelegirse o imponer como sucesora a su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller. Nada de eso ocurrió. López Obrador concluyó su mandato y dejó a México convertido en la economía más grande de América Latina gobernada por la izquierda. Ese hecho, lejos de cerrar el ciclo de confrontación, marcó el inicio de una nueva etapa. A partir de entonces, sectores de la derecha comenzaron a plantearse un objetivo claro: derrumbar el mito que representa el obradorismo, bajo el argumento de actuar “por el bien de la democracia”. Tras la salida de Andrés Manuel López Obrador de la vida pública y el triunfo electoral de Claudia Sheinbaum, la derecha quedó sin su antagonista principal. Ante su ausencia, comenzaron a circular todo tipo de narrativas y especulaciones: que el expresidente seguía gobernando desde las sombras, que vivía oculto en Palacio Nacional, que se había trasladado a Cuba o a Rusia. Historias sin sustento, pero funcionales para mantener viva la sospecha. Claudia Sheinbaum, por su parte, ha marcado una diferencia clara en el ejercicio del poder. Ha logrado establecer plazos, acuerdos y negociaciones con Washington sin subordinación ni confrontación estéril, respondiendo con firmeza diplomática. En ese contexto, México se ha colocado nuevamente a la cabeza de América Latina, con un eje central: la defensa de la soberanía nacional. No es un dato menor. México comparte más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos y, precisamente por ello, se ha convertido en un objetivo prioritario para la derecha nacional e internacional. El cálculo es sencillo: si la derecha logra desestabilizar a México, el mensaje para los proyectos progresistas del continente sería demoledor. Pero si México resiste, quedará demostrado que un proyecto de izquierda puede sostenerse frente a presiones internas y externas. Lo que está en juego es estratégico. De ahí que no resulte descabellado pensar en distintos escenarios de intervención o desestabilización: desde campañas de desinformación y polarización, hasta intentos de fraude electoral, golpes institucionales o presiones externas disfrazadas de “defensa de la democracia”. La pregunta que subyace es clara: si no se ataca directamente al gobierno de Sheinbaum, ¿cuál es entonces el objetivo real? La respuesta podría estar en la construcción de un nuevo liderazgo abiertamente reaccionario. Si la derecha logra cohesionar fuerzas y sembrar dudas suficientes, se abriría la posibilidad de que figuras del poder económico salgan sin máscaras al terreno político. En ese escenario, Ricardo Salinas Pliego podría convertirse en el primer candidato presidencial que no se esconda detrás del discurso democrático tradicional. Sería también el primero en asumirse abiertamente como ultraderecha, sin la simulación de proclamarse “de centro” o “de centro-izquierda”, como lo hicieron los expresidentes neoliberales. Para amplios sectores, incluso, resultaría revelador —y hasta catártico— ver a esos expresidentes quitándose la careta y vitoreando a un proyecto político que ya no finge. Un escenario donde se grite, sin pudor: “Es un honor estar con la ultraderecha hoy.”