La violencia que viene (segunda parte)

La violencia que viene (segunda parte)

Sección: Al Fondo a la Derecha

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Publicado el 19/11/2025 — Por Teofilo Guerrero @teofiloguerreromanzo
Rubén Jaramillo fue asesinado junto con su familia, incluso su mujer, que estaba embarazada. Unos años antes había colaborado con el gobierno del General Cárdenas para fundar el ingenio de Zacatepec, en Morelos. El gobierno que usurpó la revolución lo había traicionado. Años después vino el asalto al cuartel Madera, en Chihuahua, la represión de 1968, el halconazo de 1971, pero cuando nació en Guadalajara la Liga Comunista 23 de septiembre el gobierno federal del asesino Luis Echeverría se dio por sorprendido. Eugenio Garza Sada, empresario regiomontano, cayó en una de las primeras acciones de la Liga, los empresarios clamaron venganza, exigieron a Echeverría acciones contundentes, y éste respondió con la creación de la Brigada Blanca, un batidillo institucional que asesinó, eliminó, desapareció, aniquiló y persiguió a militantes guerrilleros durante el periodo de 1973 a principios de los años 80 cometiendo crímenes de lesa humanidad contra jóvenes que sin querer impulsaron un cambio en la democracia mexicana, el cual no alcanzaron a ver. Eugenio Garza Sada no era un angelito, ni mucho menos; en los años treinta financió a un grupo violento de ultraderecha —las camisas doradas— que se oponían a las políticas sociales emprendidas por Lázaro Cárdenas. La guerra sucia emprendida por el estado mexicano estuvo presente durante el sexenio de Echeverría, López Portillo y hasta los primeros años de Miguel de la Madrid, con un saldo de cientos de desaparecidos y asesinados por las fuerzas gubernamentales. La guerra sucia involucró a militares que habían recibido adiestramiento en la tristemente célebre “Escuela de las Américas”, hoy rebautizado como el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad. Dichos elementos, entre ellos los militares Acosta Chaparro y Quirós Hermosillo, terminaron trabajando a las órdenes del narcotráfico. El común denominador de esta coyuntura son los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, la CIA y la DEA, que han operado en nuestro país con total impunidad y la colaboración de algún gobierno en turno, como los de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría que eran comprobados agentes activos de la CIA. La derecha en México ha ido considerando y cambiando sus estrategias, no sin apoyo externo, sin olvidar el rol activo del actual embajador Ronald Johnson, ex marine y “ex” agente de la CIA, que por algo fue nombrado diplomático por Donald Trump, en una coyuntura agresiva y abusiva de parte de los Estados Unidos. En días recientes la decadente y patética oposición mexicana hizo sinergia con la estrategia norteamericana, de manera tan burda y entreguista que el engendro de Trump, Barrón, hizo eco de la movilización opositora del día 15. Es evidente que la derecha sólo puede obtener un marco de movilización al amparo de la violencia imperial. No son capaces de articular un boceto de proyecto de país porque no está en su naturaleza entreguista y servil a los intereses norteamericanos. Seguirán provocando, azuzando, buscando una respuesta a sus provocaciones porque saben que en un momento dado las bases populares, y el gobierno de México, tienen un punto de quiebre a partir de las violencias provocadas, o las violencias estructurales de los poderes fácticos y económicos que perviven en un país que está en tránsito hacia otra realidad, lejana al abuso sistemático del decadente país del norte.