La revolución no será televisada… ni patrocinada.
Sección: Opinión
Publicado el 20/11/2025 —
Por David Gallegos
De verdad lo digo: me da gusto que, después de casi ocho años, por fin hayan logrado armar una convocatoria más o menos decente para salir a la calle. Ya era hora. Sería mucho más preocupante vivir en un país donde nadie protesta; eso sí sería señal de un país rendido.
También celebro que, entre la marea de carteles confusos, misóginos, clasistas y con esvásticas, hubiera gente con demandas legítimas: madres buscando a sus desaparecidos, personas hartas de la violencia, jóvenes con rabia real. Aunque hayan sido los menos, ahí estaban, poniendo el pecho donde otros sólo ponen tuits.
Hasta ahí, todo bien. Que marchen, que griten, que se enojen. Y que lo hagan sin que el gobierno los mande desaparecer. Eso también hay que decirlo. Porque esta marcha “histórica”, según TV Azteca, desmonta uno de los grandes cuentos de la derecha: en una dictadura no marchas así, sin miedo, insultando a la presidenta, pidiendo intervención militar. Nadie fue levantado. Nadie fue torturado. ¿Hay errores en la 4T? Sí. ¿Omisiones y contradicciones? Claro. Pero no hay pensamiento único ni un régimen de terror.
Ahora bien, hay una parte de mí que se ríe por dentro. Porque son ellos. Los mismos de siempre. Los que nos llamaban huevones, apestosos, chairos, ninis. Los que cuando marchábamos contra Calderón, Peña, la guerra del narco o las reformas estructurales, nos decían que mejor nos pusiéramos a trabajar. Los que lloraban por monumentos rayados y nunca por cuerpos tirados. Los que criminalizaron cada protesta feminista, estudiantil, magisterial. Hoy marchan. Y no puedo evitar comparar.
Antes, cuando salíamos nosotros, o salían nuestros padres, era otra cosa. Era escribirte tu tipo de sangre en la panza por si te pasaba algo grave. Era gritar tu nombre completo al momento de la detención. Era confiar en que alguien, en algún lugar, estaba tomando nota por si aparecías en una lista de desaparecidos. Eso era protestar. Eso era jugarse la vida. Hoy hay cámaras por todos lados, saldo blanco, detenciones contadas. Es otro país. Y qué bueno que lo sea.
Lo malo no es que hayan marchado, sino el intento descarado de la derecha por robarse la narrativa juvenil. De un día para otro, una marcha partidista organizada por panistas y empresarios resentidos se convirtió, mágicamente, en la “marcha de la Generación Z”. Los mismos de siempre se disfrazaron de rebeldía juvenil. No está mal ser viejo. Está mal fingir que no lo eres. Y peor todavía: usar a los jóvenes como pretexto.
Ahí estaban los de la marea rosa, los del “INE no se toca”, los de las caravanas en carro, los del reciente “Ahora hay que desaparecer al INE”. Muchos empleados obligados, otros amenazados, otros convencidos de que el país se cae porque ya no gobiernan sus amigos. Y entre ellos, pocos, pero presentes, jóvenes creyendo que estaban protagonizando la revolución del siglo… mientras TV Azteca les dictaba el libreto.
Y para entender esta escena hay que mirar lo que no se ve en la calle. La marcha no sólo se organizó con pancartas impresas: se construyó con algoritmos. Cuentas anónimas, videos hechos con IA, granjas de bots repitiendo la misma línea: “el gobierno destruye tu futuro”, “la 4T te quiere pobre”, “sal a rescatar a México”. No es que no haya motivos para estar enojados; claro que los hay. El punto es quién dirige ese enojo y para qué.
Y aquí, camaradas, nos toca también mirarnos al espejo. Porque mientras la derecha construye narrativa digital —bien financiada, bien editada, bien dirigida— una parte del obradorismo se está acomodando, creyendo que las mañaneras pueden con todo. Se nos está apagando la creatividad, se nos está enfriando la calle, se nos está envejeciendo la militancia. Estamos dejando a los jóvenes frente a un océano de propaganda profesionalizada sin acompañamiento político, sin relato propio, sin presencia territorial suficiente.
No basta con decir “la derecha miente”; eso ya se sabe. La pregunta es otra: ¿qué estamos haciendo nosotros para que la banda no se deje arrastrar? Ser obradorista no significa aplaudir todo sin pensar. Significa defender un proyecto que ha abierto puertas, pero también exigir que no se cierren desde dentro. Significa respaldar la transformación y, al mismo tiempo, advertirle al propio gobierno cuando se aleja del pueblo, cuando convierte la esperanza en burocracia y está más preocupada por hacer asambleas en todo el país.
La derecha ya entendió que la disputa que viene no sólo es por el voto, sino por el sentido común. Quiere convencer a una generación de que protestar empezó ayer, que la rebeldía nació con TikTok. Quiere borrar Ayotzinapa, Atenco, Aguas Blancas, Tlatlaya, el 68, el Halconazo, la guerra de Calderón, los gasolinazos, las marchas del 2012. Quiere borrar, sobre todo, que este país —con todas sus contradicciones— camina hoy en otra dirección.
Por eso este escrito no es para insultar a quienes salieron, sino para decirles algo con respeto: si vas a marchar, marcha. Pero pregúntate quién te convoca, quién paga la publicidad, quién gana con tu enojo. No entregues tu indignación a la primera página anónima que te mande un reel bien hecho. No confundas “ser crítico” con repetir el guion de TV Azteca.
Y a la izquierda, al obradorismo, a la banda que ha estado del lado de las luchas, despierten. Volvamos a las calles, a las escuelas, al transporte público, al barrio, a la organización real. No entreguemos a la generación que viene a los mismos de siempre sólo porque nos cansamos de explicar.
Esta vez, la derecha intentó disfrazarse de Generación Z y montar la revuelta desde arriba. Le salió una marcha más bien gris, entre tías panistas molestas, agua bendita y bots hiperactivos. La próxima vez, si nos seguimos confiando, puede salirles mejor.
Y ahí sí, que nadie diga que no lo vio venir.
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