El Zócalo y la batalla por el significado
Sección: Opinión
Publicado el 08/12/2025 —
Por Amaury Sánchez
En política, las plazas no solo se llenan: se interpretan. Y, a veces, la interpretación pesa más que la multitud misma. Lo ocurrido en el Zócalo durante la celebración de los siete años de la Transformación no fue un simple acto de masas; fue la demostración más incómoda para quienes aún creen que la legitimidad se administra desde escritorios y estudios de televisión. Porque esa multitud, esa presencia física que no cabe en gráficos ni en columnas angustiadas, contradice la narrativa que la oposición ha intentado imponer desde hace años: la del pueblo pasivo, dócil, manipulable.
Por eso aparecieron, casi de inmediato, los viejos fantasmas discursivos: “acarreo”, “lineazo”, “presión institucional”. Palabras repetidas con la urgencia de quien intenta apagar un incendio con una manta mojada en nostalgia. Pero el país que caminó hacia el Zócalo no fue un país acarreado. Fue un país que eligió. Y ahí reside el verdadero problema político para los detractores de la Transformación: el Zócalo estuvo lleno sin que ellos pudieran explicar por qué.
La política mexicana tiene un lenguaje no escrito, heredado de décadas de simulación: “si una plaza se llena, alguien la llenó”. Así funcionó el viejo régimen, así se manipuló la voluntad popular y así se compró literalmente la presencia de multitudes que aplaudían por obligación y regresaban a casa con la sensación de haber cumplido un trámite.
Pero ese país ya no existe. El Zócalo lleno de ahora no tiene la textura del acarreo: no suena a orden, no huele a presión, no se mueve al ritmo de la obediencia. Lo que ahí se vio fue otra cosa: una alianza emocional y política entre un gobierno y la mayoría social que lo sostiene. Una alianza que no depende de tortas ni de listas, sino de resultados y de memoria histórica.
Porque en política, la real, la que se escribe en las calles la gente no acude por presión cuando siente que el país se derrumba: acude cuando siente que avanza. Y ese avance, aunque duela admitirlo a quienes viven de la negación, ha sido visible, palpable y políticamente sólido durante siete años.
Los adversarios de la Transformación, incapaces de reunir una multitud parecida, repiten la acusación de acarreo como un reflejo condicionado. Pero el problema no es la acusación: es lo que revela. Revela que no entienden al país. Revela que no saben escucharlo. Revela, sobre todo, que han perdido la capacidad de convocar a la gente sin recurrir a la nostalgia de un poder que ya no les pertenece.
Porque el que no puede llenar ni un auditorio cree que llenar un Zócalo solo es posible con métodos deshonestos. El vacío es un pésimo consejero. La multitud del Zócalo fue un mensaje político, sí. Pero no fue un mensaje para los adversarios: fue un mensaje para el futuro. Fue la señal inequívoca de que la continuidad de la Transformación tiene sustento social, no por consigna, sino por convicción. Que Claudia Sheinbaum no depende del aparato, sino de un respaldo que ha madurado y se ha politizado con una profundidad que pocos esperaban. Que el obradorismo no es una moda pasajera, sino un movimiento que ha logrado que la gente se reconozca en él. Y ese reconocimiento, esa identidad política nueva, vigorosa, incómoda no se acarreó: se construyó.
Quienes fueron al Zócalo no respondieron a una orden; respondieron a una certeza: que el país está en mejores manos que antes. Y que dejarlo en otras sería un retroceso que no están dispuestos a permitir.
Por eso llegaron solos. Por eso llenaron la plaza sin que nadie tuviera que empujarlos. Y por eso, políticamente, el Zócalo de los siete años de la Transformación quedará inscrito en la memoria como lo que realmente fue: la demostración de que la legitimidad ya no se fabrica; se defiende.
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