EL DERECHO DE VIVIR EN PAZ Y EL MIEDO QUE VOTA

EL DERECHO DE VIVIR EN PAZ Y EL MIEDO QUE VOTA

Sección: Opinión

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Publicado el 18/12/2025 — Por David Gallegos
“Es el canto universal Cadena que hará triunfar El derecho de vivir en paz” —Víctor Jara Kast ganó en Chile. Y no ganó solo un candidato, ganó el miedo organizado. Ganó la idea de que el orden vale más que la memoria y que la restauración resulta más cómoda que la transformación. En el país donde Víctor Jara cantó, hoy una parte importante del electorado eligió una promesa de seguridad rápida, sin hacerse demasiadas preguntas. Cuando la esperanza se vuelve trámite y la política deja de escuchar, el miedo aprende a votar. Chile no es un accidente. Es un espejo incómodo. Hoy el péndulo se mueve hacia el otro extremo. No porque la historia se haya equivocado, sino porque el cansancio también vota. La frustración acumulada, la vida cara, la inseguridad cotidiana y la sensación de que nada cambia abren la puerta a salidas fáciles, aunque sean peligrosas. Lo que pasó en Chile forma parte de una ola más amplia. En América Latina avanza una ultraderecha que no se presenta como tal. No llega con botas ni uniformes, llega con discursos de eficiencia, orden y sentido común. Bukele en El Salvador, Milei en Argentina, Bolsonaro (aunque ya derrotado) en Brasil, etc. Proyectos distintos, pero una misma lógica, simplificar el enojo, convertir el miedo en identidad política y ofrecer atajos autoritarios a problemas estructurales. No prometen futuro, prometen restauración. No convocan a transformar, convocan a obedecer. Su fortaleza no está en los programas, sino en la narrativa. Dividen el mundo en orden y caos, en gente “decente” y enemigos internos. Cambian derechos por seguridad, complejidad por eslóganes, democracia por likes. Ganan porque saben tocar heridas reales y ofrecer culpables rápidos. No porque tengan razón, sino porque logran que el desencanto vote. Ahora bien, México no es Chile. Aquí no estamos parados en el mismo punto. A diferencia de otros países de la región, en México existe un proyecto político con ideología clara, narrativa ética y base social real. La Cuarta Transformación no es solo un gobierno, es un proceso. Humanismo Mexicano. Por el bien de todos, primero los pobres. No mentir, no robar, no traicionar. Son nuestra brújula. También hay liderazgo. Andrés Manuel López Obrador sigue siendo el principal dique político y ético frente a cualquier intento de restauración conservadora. No por carisma vacío, sino por coherencia, memoria y resultados materiales en millones de vidas. Claudia Sheinbaum representa continuidad, en un continente donde muchas izquierdas se burocratizaron, se fragmentaron o se desconectaron de la calle, eso marca una diferencia. Pero que no sea fácil no significa que sea imposible. El sistema, los grandes medios, muchos de ellos alineados a intereses que no pasan por el país y una oposición derrotada pero persistente no descansan. La ultraderecha no entra por la puerta principal, entra por el desgaste, por el desencanto cotidiano, por los errores propios. Crece cuando la transformación se vuelve rutina, cuando se confunde gobernar con administrar. Ahora, morena también tiene que mirarse al espejo. El mayor riesgo no es la derecha, es la comodidad. Morena no puede comportarse como partido tradicional, repartiendo cargos como botín, normalizando la simulación o confundiendo disciplina con silencio. No puede perder el territorio, ni abandonar la formación política, ni dejar de escuchar a quienes incomodan. La política de la foto grupal puede convertir a un movimiento vivo en un espectador mudo. En otros países, la ultraderecha avanzó cuando las izquierdas dejaron de ser movimiento y se volvieron solo gobierno. Cuando se alejaron de las víctimas concretas y se refugiaron en el lenguaje técnico. Cuando olvidaron que la transformación no es un estado alcanzado, sino un proceso que hay que cuidar todos los días. Por eso, lo que pasa en Chile no es para asustar, es para aprender. México todavía puede ser punta de lanza, no retaguardia. Pero solo si no pierde la brújula. Solo si el proyecto sigue gobernando desde abajo, escuchando a los de afuera, corrigiendo a tiempo. Solo si la ética no se negocia y la memoria no se administra. La ultraderecha avanza donde la política deja de explicar, de acompañar y de organizar. Aquí todavía estamos a tiempo. A tiempo de no entregar el descontento, de no regalar la narrativa, de no permitir que el miedo escriba el guion. La historia no se detiene. Y la pregunta no es si el miedo seguirá tocando la puerta; la pregunta es si la transformación seguirá en movimiento. Porque el derecho de vivir en paz no es una consigna del pasado. Es una tarea del presente que se construye todos los días.