Cuando la experiencia deja de ser coartada
Sección: Opinión
Publicado el 16/12/2025 —
Por Amaury Sánchez
Hay cargos públicos donde la experiencia suma. Y hay otros donde, pasado cierto tiempo, empieza a funcionar como coartada. La Auditoría Superior del Estado de Jalisco pertenece, lamentablemente, a esta segunda categoría.
Durante años, la fiscalización en Jalisco ha sido una presencia correcta, puntual y perfectamente inofensiva. No por falta de atribuciones, sino por una llamativa ausencia de consecuencias. Y cuando un órgano diseñado para incomodar termina siendo parte del mobiliario institucional, el problema no es la ley: es quién la ejecuta.
El actual auditor, Jorge Alejandro Ortiz Ramírez, busca permanecer en el cargo. Su principal credencial es el tiempo acumulado. Pero hay experiencias que fortalecen y otras que domestican. Cuando el paso de los años no deja expedientes emblemáticos, ni sanciones memorables, ni nombres que hayan tenido que rendir cuentas, la permanencia ya no habla de eficacia, sino de adaptación.
El Comité de Participación Social del Sistema Estatal Anticorrupción cumplió su función: diseñó una evaluación técnica, con criterios definidos, exámenes formales, revisión de trayectorias y planes de trabajo. Un procedimiento que, en apariencia, blindaría el proceso contra cualquier sospecha. En apariencia.
Porque cuando el resultado coloca en la cima al funcionario que ha administrado la inercia durante años, la evaluación deja de ser una garantía y se convierte en una incómoda paradoja. No se cuestiona la capacidad teórica del auditor en funciones; se cuestiona la desconexión entre el puntaje obtenido y el impacto real de su gestión. En política pública, esa brecha no se explica: se interpreta.
La experiencia acumulada, lejos de haber fortalecido la fiscalización, parece haber perfeccionado una forma de operar sin sobresaltos. Una auditoría predecible, puntual y cuidadosa de no cruzar ciertas líneas invisibles. Una institución que no genera enemigos suele ser una institución que tampoco genera cambios.
Jorge Arturo Ventura Alfaro aparece como un perfil técnicamente sólido, con carrera fuera del circuito local y con antecedentes en espacios donde la fiscalización no se administra con prudencia política, sino con rigor institucional. No es un detalle menor en un estado donde la cercanía suele pesar más que la independencia.
Pero el elemento que verdaderamente tensiona al sistema es otro. Haime Figueroa Neri no solo cumple con los requisitos: los supera con holgura. Tres años como Directora General en la Auditoría Superior de la Federación le dieron experiencia directa en la fiscalización nacional, donde el margen de simulación es mínimo. Cinco años como Secretaria Técnica del Sistema Estatal Anticorrupción de Jalisco —organismo que ayudó a construir desde sus cimientos— evidencian capacidad para diseñar, operar y evaluar sistemas completos, no solo administrarlos.
A ello se suma el reconocimiento académico y técnico por sus publicaciones especializadas sobre Auditorías Superiores y vigilancia del gasto público. No es un perfil que dependa de relaciones; es un perfil que se sostiene en conocimiento y resultados.
Y aun así, pese a ser la mujer mejor evaluada del proceso, su nombre no encabeza las conversaciones de pasillo. No llegó por cuota, ni por consigna, ni por cercanía. Llegó por méritos. Y en ciertos espacios del poder, eso no siempre es una ventaja.
Porque cuando la continuidad obtiene calificaciones sobresalientes después de años de resultados discretos, la pregunta es inevitable: ¿estamos evaluando capacidad de transformación o habilidad para sobrevivir al sistema? Y cuando una trayectoria sólida, independiente y documentada no resulta suficiente para romper inercias, el mensaje es claro: el problema no es técnico, es estructural.
Las y los diputados no están frente a una decisión administrativa, sino frente a un espejo. Pueden optar por la comodidad institucional, esa que no genera conflictos y mantiene la calma en la superficie. O pueden asumir el costo político de elegir perfiles que no deban nada y, por lo mismo, no pidan permiso.
Jalisco ya conoce el resultado de la experiencia entendida como permanencia. Insistir en ella no sería una apuesta por la estabilidad, sino por la repetición. Y en política, repetir sin corregir no es prudencia: es renuncia.
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