“Carlos Manzo y el espejismo de la seguridad basada en la violencia”

“Carlos Manzo y el espejismo de la seguridad basada en la violencia”

Sección: Opinión

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Publicado el 24/11/2025 — Por Raúl Barajas @BarRaul
La muerte del presidente municipal Carlos Manzo es, sin duda, lamentable. Ninguna vida perdida en el ejercicio del servicio público debe celebrarse, sin importar cuán criticable haya sido su gestión o sus métodos. Sin embargo, el contexto de su asesinato abre nuevamente el debate sobre una vieja pero vigente discusión: ¿la violencia puede enfrentarse con más violencia? A pesar de la insistencia política en que “mano dura” equivale a seguridad, la evidencia académica y empírica acumulada durante décadas muestra lo contrario. Diversos estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), del Instituto de Investigaciones Jurídicas, así como tesis y análisis de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), han documentado que los enfoques punitivistas y militarizados tienden a escalar la violencia en lugar de contenerla. Un estudio del Programa de Política de Drogas del CIDE (2021) sostiene que el despliegue de fuerzas armadas en tareas de seguridad pública no ha reducido las tasas de homicidio en México; al contrario, los municipios militarizados han experimentado incrementos del 10 al 15% en homicidios dolosos durante los tres años posteriores a su intervención. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) ha señalado en múltiples ocasiones que “la violencia institucionalizada —es decir, la violencia como política de Estado— genera espirales de impunidad y radicaliza a los grupos criminales”. La violencia como política: un error repetido Carlos Manzo representa, tristemente, el reflejo de una política heredada desde el sexenio de Felipe Calderón, cuando se declaró una “guerra contra el narcotráfico” sin diagnóstico, sin estrategia de desarrollo social y con una visión estrictamente militar. Esa guerra dejó más de 350,000 homicidios y más de 100,000 desaparecidos según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas. Años después, aún se siguen pagando las consecuencias: una generación completa de jóvenes sin oportunidades, comunidades militarizadas y una sociedad que aprendió a convivir con la violencia cotidiana. Lo que estudios del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ) en Colombia y del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) en México han demostrado, es que cuando el Estado responde a la violencia criminal con más represión, sin atender las causas estructurales —como la desigualdad, la impunidad o la marginación—, se alimenta un ciclo interminable de enfrentamientos. En palabras del investigador colombiano León Valencia, “la violencia punitiva profesionaliza al delincuente y normaliza el uso del terror como forma de control social”. Carlos Manzo, en su intento por “combatir frontalmente” al crimen, cayó en el error de repetir la lógica calderonista: concebir la violencia como método correctivo. Su asesinato, más allá de la tragedia humana, simboliza el fracaso de una doctrina que se ha demostrado insostenible. La narrativa del miedo: el combustible de la oposición A esta dinámica contribuyen también los medios de comunicación y los partidos opositores, que han convertido la inseguridad en su principal herramienta de manipulación. El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) documentó en 2023 que el 78% de las notas televisivas sobre seguridad en México están redactadas con un lenguaje de alarma, aunque solo el 26% se base en datos verificables. Esta desproporción entre realidad y discurso construye una “percepción social del caos” que beneficia a quienes lucran políticamente con el miedo. Hoy, el pánico se fabrica digitalmente. La Universidad de Oxford, en su informe Global Disinformation Index (2024), señala que México ocupa el quinto lugar mundial en actividad de bots políticos durante crisis mediáticas, especialmente en torno a desastres naturales y hechos violentos. En ese contexto, los mismos grupos que piden “intervención extranjera” —los nostálgicos del panismo calderonista y del neoliberalismo privatizador— son los que amplifican el caos para justificar la mano dura. El caso de Carlos Manzo ha sido manipulado con la misma narrativa: se busca presentarlo como mártir de una supuesta “guerra contra el mal”, cuando en realidad fue víctima de un modelo fracasado. Y mientras los medios amplifican el miedo, los partidos tradicionales —PRI, PAN y MC— lo transforman en mercancía electoral. El espejo roto de Calderón No se puede pasar por alto que la estrategia de seguridad de Manzo imitaba los métodos del ex presidente Calderón: militarizar, amenazar y “barrer la casa” con fuego. Sin embargo, los datos de la Universidad de Stanford (2022) demuestran que los países que han adoptado modelos militarizados contra el crimen organizado (como Brasil, Colombia o México) presentan incrementos sostenidos de violencia durante al menos una década posterior a la implementación de dichas políticas. México no es la excepción. Entre 2006 y 2024, el presupuesto destinado a seguridad pública aumentó más del 150%, pero las tasas de homicidio se duplicaron (de 8 a más de 26 por cada 100 mil habitantes). El crimen se adaptó, se fragmentó y se profesionalizó. El Estado, en cambio, se debilitó. Romper el ciclo Carlos Manzo fue víctima de la lógica que defendió. Su muerte no debe servir para exigir más balas, sino para replantear/Sostener la estrategia nacional de seguridad desde un enfoque de paz, justicia social y prevención. Como señala la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “ningún Estado ha logrado reducir la criminalidad a través del miedo o la represión”. La verdadera pacificación requiere justicia, oportunidades y verdad, no más muertos. La oposición y los medios carroñeros seguirán fabricando escenarios apocalípticos, comparando a México con Libia o Somalia, sin recordar que esos países fueron destruidos precisamente por las intervenciones militares que hoy piden a gritos los conservadores mexicanos. Carlos Manzo no fue un héroe ni un villano, fue una víctima más del fuego que él mismo ayudó a encender. Y mientras no entendamos que la violencia no se erradica con violencia, sino con Estado, con educación y con justicia, seguiremos repitiendo la misma tragedia —una y otra vez— en nombre de la seguridad.